Sandra Merideth es educadora visual de EEUU. Ha enfrentado su propio queratocono y ayudado otros que lo padecem

El poder del cono: mi experiencia como queratocónica

Vivo en Santa Fe, en EE.UU., en un lugar circundado por montañas. Mi hijo, que está aprendiendo geología y tectónica, me cuenta que algunos de estos picos en forma de cono son antiguos volcanes que se han abierto paso hacia la superficie provenientes de una gran profundidad. Los Anasazi, pueblo prehistórico, creía que estas montañas tenían una energía particular, y efectivamente han sido creadas por un proceso en el cual grandes fuerzas han entrado en colisión, se han revuelto sobre sí mismas, y han eructado por fin formando las bonitas formaciones que a día de hoy puntean el horizonte en todas direcciones.

En 1982, otro tipo de cono estalló en mi horizonte personal. Un queratocono me fue diagnosticado, una condición de la córnea relativamente rara (el porcentaje es de uno de cada 2000): la córnea de un ojo, seguida bastantes años después por la otra, empieza a adelgazarse y a asumir la forma de un cono. La córnea en estas condiciones está sometida a un astigmatismo particularmente intenso e irregular. Algunas personas han comparado la visión en estas condiciones con el famoso «desnudo que baja las escaleras» de Marcel Duchamp: el campo visual es fraccionado y los puntos de vista proliferan. Una persona que se acerca a un queratocónico parece acercarse un momento, y el siguiente alejarse. Tendrá a lo mejor dos narices y tres o cuatro brazos. Si algo, por ejemplo, los botones de su camisa, reflejan la luz, se dividirán en esquinas que van en todas direcciones; cada botón aparecerá con bastantes botones, cada uno de los cuales en el centro de una telaraña hecha de extrañas luminiscencias.

El tratamiento tradicional del queratocono consiste en llevar una lente rígida permeable al gas sobre la córnea enferma. Es un poco como si se hiciera un trasplante momentáneo de córnea, y algunos profesionales médicos tradicionales piensan que una córnea rebelde se tiene que cuidar así. Pero aquí surge un problema. Como dijo un oculista que curó a un queratocónico, poner una lentilla sobre una córnea del género es «como poner en vilo un plato sobre un balón de rugby». Y naturalmente, llevando una lente del género uno se ve condenado a restringir el ámbito de los movimientos oculares por el miedo de perder las lentes y caer en las profundidades de un cuadro cubista. Y no pudiendo ni parpaear, ni girar normalmente los ojos, también se acaba por tener ojos muy secos y muy rojos.

Además, la córnea es rayada a menudo por el constante contacto con la lente, lo cual empeora ulteriormente la visión. Mi córnea derecha acabó así y la solución fue ponerme dos lentillas, en una disposición elegantemente definida como «a caballito»: una lente blanda bajo una lente rígida. Así logré llegar a una visión de 20/30, o sea del 70%, sólo por pocos días; luego el ojo empezó a acostumbrarse a la nueva lente y la visión disminuyó. Psicológicamente no podía soportar la presencia de dos lentes en el ojo.

Cada mañana, antes de ponerme las lentes sentía latir mi corazón – aunque mi córnea tuvo que recibir bastante oxígeno con el caballito, me sentí ahogada por la presencia de todas aquellas cosas en los ojos. También se planteaba la posibilidad de un trasplante de córnea; aunque el mismo oculista y mi optometrista no hablaron nunca de ello, supe que, cuando las lentillas ya no eran toleradas, ésa era la última alternativa.

En este punto, verano de 1996, ya empecé espontáneamente a no llevar las lentes. El oculista me prescribió un par de gafas con una corrección total de 17 dioptrías, entre esféricas y cilíndricas para el ojo derecho. Logré percibir con dificultad la gran E en el tablero. Delante del ojo izquierdo tenía 9 dioptrías, con lo que veía 20/40, un 50%. Fui a un optometrista comportamental, que me recomendó volver a la solución del caballito; yo le pedí gafas que por lo menos me permitieran leer. Me dio una prescripción de -5,75 para ambos ojos: pensó que, aunque esta prescripción reducida no me permitiría ver mucho con el ojo derecho, por lo menos el sistema nervioso se beneficiaría de un menor esfuerzo. Me encontré tan bien que le pedí que insertara las nuevas lentes en la vieja montura, aceptando por lo tanto una buena cantidad de borrosidad todo el tiempo.

Empecé a dar largos paseos sin llevar corrección alguna. Al principio el mundo parecía bastante surrealista. Recuerdo haber encontrado lo que tuvo que ser el hombre elefante que empujaba, (¿o tiraba?) una especie de calesín marrón de tres ruedas. ¡Mientras trataba de interpretar el todo, una de las tres ruedas ladró! Se trataba de un hombre normal que paseaba tres perros. También empecé a trabajar sin lentes en mi galería. No tuve elementos para entender de qué cuadro hablaban mis clientes, porque tampoco podía entender en qué dirección miraban.

Sus rostros parecían haber sido realizados por Picasso, con rasgos que se iban en todas direcciones. Pregunté un montón de cosas, bromeaba sobre mi vista guiñando: fue bastante liberador admitir que no veía bien: siempre lo tuve en secreto porque se supone que un comerciante tiene que ver bien para tenerlo todo bajo control, y poder guiñar sin amenazar disparar una lentilla. Me pareció lo máximo. También empecé a girar los ojos con abandono, lo cual, después de todos aquellos años de reclusión casi parecía pecaminoso. Al llenar un recibo, lo tenía a una docena de centímetros de los ojos. Mi mala vista era tan evidente que la gente empezó a expresarse al respeto. El comentario más frecuente fue: «¡Cómo la entiendo!». Empecé a darme cuenta de que el mundo estaba lleno de infelices portadores de lentillas.

Un día, al definir una venta, tenía el recibo sobre el escritorio a al menos 40 centímetros de los ojos. No tuve dificultad porque había memorizado los espacios blancos que rellenar. Pero aquel día pareció que las letras saltaban de la hoja hacia mis ojos: ¡todo claro! El mismo día, durante un paseo, un corral que siempre me pareció una abstracta mezcla de colores, un poco a lo Jackson Pollock, se reorganizó de repente en una serie de objetos reconocibles: un triciclo anaranjado, una tumbona a revés, un tubo para regar, una barbacoa herrumbrosa. En el sol de la mañana, ese corralito desordenado apareció más glorioso y atrayente que el jardín más fino. Empujé mi osadía hasta empezar a conducir sin gafas. Ahora las cosas empezaron a enfocarse de veras. Ya que conducir es sobre todo una actividad del hemisferio cerebral derecho y solicita un montón de movimientos oculares, lo he encontrado una actividad muy útil para tener períodos prolongados de claridad.

En el otoño del 97 renové el permiso y pasé el examen de vista de lejos con mi corrección «de lectura», -5,75.  Por un instante las letras quedaron un poco nubladas, luego oí la voz del oculista que diagnosticó mi queratocono: «Tendrás que llevar lentes rígidas toda la vida» y…. las letras se dispararon a su sitio, nítidas. Desde entonces he reducido mi prescripción a -4,25; con estas gafas veo por lo menos 20/32, casi un 90%, con ambos ojos. Con el ojo derecho, el del cono mayor, veo de 20/70 a 20/100, de tres a dos décimos. ¡Es curioso que antes, con 17 dioptrías delante de este ojo, a duras penas lograba distinguir el tablero! Con el ojo izquierdo, aunque también tenga un cono, veo 20/40,  un 50%)

Es interesante que la visión de los dos ojos juntos sea más clara que la de cada ojo por separado. Indudablemente, esto tiene que ver con las prácticas que he seguido para estimular la integración. Siguiendo las indicaciones de mi optometrista comportamental, he empezado a utilizar la cuerda de Brock, una guita interrumpida por un cierto número de aljófares pintados, durante bastantes minutos al día, así como también he ejecutado ejercicios de fusión en los cuales círculos y letras se unen cuando se cruzan los ojos (ver la reducción de la presbicia, según Ray Gottlieb). También he desarrollado ejercicios personales, llamados «Cone Power», ejercicios de fusión que conciernen particularmente las líneas oblicuas. Mi astigmatismo más fuerte está sobre líneas oblicuas.

Si hay un tema que es central para la reducción del queratocono es la fusión de los ojos, la integración de los hemisferios cerebrales, y en el fondo, la integración y armonización de todos los diferentes aspectos de mi vida. Recuerda que en el 99% de los casos el queratocono es «unilateral»: empieza en un ojo, se desarrolla después en el otro ojo durante bastantes años, retoma y se amplifica en el primero, etcétera. Esta progresión ha sido definida por los descubrimientos del The Collaborative Longitudinal Evaluation of Keratoconus, CLEK, un estudio sobre 1209 pacientes durante un período de bastantes años en EE.UU. (Por datos técnicos, The National Keratoconus Foundation/8631 West Third Street contacta, Suite 520E/Los Angeles, CA90048). Hay una particular actitud destructiva a obra en el queratocono, como «apuros a ti si lo haces / apuros a ti si «no lo haces», que acaba por desviar y deformar cada energía. Un poco como el efecto que se tiene cuando se apunta una telecámara hacia un monitor: dos fuerzas iguales entran en colisión y crean «nieve». Del mismo modo han operado las fuerzas poderosas que han entrado en colisión y han creado la espléndida topografía en el Nuevo México, donde vivo.

Pertenezco a un par de listas de correo dedicadas a apoyar a pacientes con queratocono, aunque yo no me sienta para nada «paciente»: este término implica una actitud pasiva por parte del queratocónico. Recientemente, alguien en estos grupos ha conducido una búsqueda informal sobre en qué ojo se ha desarrollado por primera vez el queratocono en relación a ser diestro o zurdo.

El investigador se esperaba encontrar una correlación ojo derecho – mano derecha, porque estadísticamente el queratocono se relacionaba con la costumbre de frotarse los ojos. En realidad, no fue encontrada correlación alguna y la cosa no me sorprendió, porque yo no he tenido nunca la costumbre de frotarme los ojos. Pero pienso que hay una correlación con el hemisferio dominante en un determinado momento de la vida de una persona.

He hablado con bastantes queratocónicos y muchos recuerdan haber realizado grandes cambios justo en el período anterior el queratocono. ¡A veces se divorcian, cambian de trabajo o se desplazan a otra zona. ¡Yo hice las tres cosas!. O bien se agotan; o se les muere un padre. Una mujer contó que su madre tuvo que amputarse una pierna y su suegra murió el año anterior al queratocono. Como en muchos otros desórdenes visuales, hay un «alejar la mirada» del dolor, a veces hasta un cambio de la dominancia de los hemisferios cerebrales.

La mujer que vió sufrir tan intensamente a su madre desarrolló el queratocono en su ojo izquierdo, el «femenino.» Una clienta dejó al marido y el hecho le golpeó el ojo derecho, el «masculino.» En mi caso, no sólo he dejado a mi marido y me he desplazado a otro estado, sino que también he operado un cambio de 180 grados en mi trabajo. De ser bastante tímida, enseñante miope de inglés en la universidad, he llegado a ser directora de ventas de una gran galería de arte. ¡Extrañamente, antes de ser elegida para ese puesto tuve que pasar una prueba de personalidad, que me definió como el perfecto estereotipo del hipermétrope, lo contrario de la miopía, completamente orientado sobre el hemisferio derecho! Tras un período de gran estrés cambié radicalmente de aptitudes; pero en realidad todavía estaba bastante atada a viejos dolores, resentimientos y sentimientos de culpa.

Estos viejos sentimientos contrastaban en profundidad con mi nueva actitud de hipermétrope e hicieron fuerza hasta salir, en forma de cono, en mi ojo derecho. Puesto que adopté las lentes rígidas para contrastar el empujón en el ojo derecho, las mismas fuerzas encontraron la calle del ojo izquierdo. Puesto que empecé a usar la lente rígida por el accidente, las de la derecha volvieron a empezar a empeorar, etcétera.

Era como si unas partes de mí misma se volvieran alérgicas a otras partes de mí.

Además, el queratocono ha sido asociado con la incidencia de enfermedades varias: desórdenes alérgicos como la psoriasis, el asma, la fiebre del heno, etc. La mujer cuya madre tuvo que amputarse una pierna empezó a tener psoriasis, no sólo en la piel, sino hasta en la córnea. No sólo tiene conos muy marcados en la córnea, sino también agujeros cavados por la psoriasis.

Aunque a mí me haya hecho mucho bien quitarme las lentes, este no es un procedimiento factible para quien ya ha sufrido grandes daños estructurales en la córnea, como a la mujer con psoriasis. En un caso de ese tipo, recomiendo que no se usen las lentes en el tiempo «tranquilo.» Y hay que encontrar un tiempo «tranquilo», aunque siempre sea de esperar que un queratocónico tienda a evitar dedicar tiempo a la tranquilidad y a la reflexión, actividad del más receptivo hemisferio derecho. En todo caso, es fundamental pasar el mayor tiempo posible sin lentes.

En cuanto se experimente un mínimo de comodidad sin lentes, recomiendo que el queratocónico empiece a experimentar el empleo del parche cubriendo un ojo a la vez, de modo que esté en contacto con las muchas energías que hay retenidas detrás de cada cono.

Llevar un diario puede ser muy útil, así como también compartir con otras personas los mismos descubrimientos.

Una de mis clientas ha sufrido un trasplante y encuentra muy difícil aceptar la nueva córnea en el ojo derecho. Aunque para la medicina tradicional el trasplante es una solución definitiva, en un buen número de casos no lo es en absoluto. También cuando la córnea no es rechazada como un cuerpo extraño, las viejas fuerzas en contraste siempre están presentes, y puede que el queratocónico no acepte la nueva imagen porque está en contraste con su verdad interior. En ese caso, trabajo con afirmaciones positivas, para escribir, llevar en el bolsillo, compartir con amigos, etc.; afirmaciones como: la luz interior es la que transforma la nueva córnea en una cosa propia, que empieza a sentirse justo en su visión, que el mundo parece un sitio menos fragmentado, etc.

De igual modo que el cono izquierdo y el derecho se combaten, de lo que se derivan astigmatismos oblicuos que van en direcciones opuestas, a menudo el queratocónico siente una lucha entre muchos aspectos de su vida. Es esencial encontrar un foco, algo central para su visión y su vida. Puede ser una verdad espiritual o el empeño en cuidar a la propia familia y a los demás. Puede ser un trabajo más sano y satisfactorio. Algo en que encauzar las mismas energías. El concepto de Bates de centralización, según el cual en cada instante la parte exactamente central de lo que se observa es percibida mejor que lo demás, es de particular utilidad a este nivel. Aunque se percibe todo el campo visual y no se pierde la conciencia de lo que ocurre en la periferia, sólo es el objeto del centro o una pequeña parte, si el objeto es grande, lo que es percibido con total nitidez. Esta percepción ayuda a sentir que existe un centro propio al cual se puede volver cómodamente en cada momento.

En este momento de mi vida he vuelto a escribir, cosa que creía haber abandonado para siempre. También he vuelto a enseñar; pero esta vez le enseño a la gente cómo permitir a los propios ojos ver el mundo y sus vidas con mayor claridad. En el momento en que expreso más aspectos de mí misma partiendo de mi centro de verdad, hay menos tensión entre mis ojos. Me he casado y habiendo liberado las energías extraviadas conexas a la primera boda, ahora me considero una mujer satisfecha y una madre capaz de apoyar a sus hijos. La imagen del mundo provista por mis ojos es más completa. Y todas las montañas me aparecen como les parecieron a mis antepasados: bonitas y milagrosas.

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